Cuando algo parece discurrir por el buen camino de la normalización y todos quieren soplar, bajo sus propias perspectivas y sin coacciones e imposiciones para lograrlo, siempre aparece alguien, y generalmente del espectro podemita, que cree que ha inventado la pólvora y que nada vale salvo lo que ellos impongan.
Entonces, con la osadía que sólo da la ignorancia estratosférica, se lanza a atropellar normas y buenos usos que nada tienen que ver con la igualdad.
Aunque lo he puesto muchas veces, una más porque, lejos de pensar que la batalla está perdida, estas cosas me hacen mucho más fuerte en mis convicciones.
A ver, Carmena, “ignoranta devota” el género no es el sexo. Las personas no tienen género y las palabras no tienen sexo. ¡Qué pereza ya. #everythingbutapodemita!
Lo correcto cuando se habla de personas es sexo, sea cual sea la orientación sexual de los individuos, además, sexos en los humanos hay dos, con independencia de la identidad de cada cual. Lo que no tienen las personas es género, el sexo es parte de su anatomía y de su entidad, de su psique, el género es un concepto gramatical. Conviene recordar por qué lo están confundiendo.
Género es un calco del inglés “gender” y esta palabra surgió durante el puritanismo victoriano inglés como un eufemismo para no tener que decir la palabra tabú sex. Es decir, como decir sexo era poco menos que un pecado, los británicos escogieron como sinónimo una palabra que no tuviera connotaciones sexuales.
Ahora que vamos abriendo ventanas a la normalidad y la libertad, nos acogemos a un término que surgió por miedo a llamar a las cosas por su nombr, la primera en la frente. El género es un concepto gramatical. El masculino suele ponerse, cuando hay seres vivos sexuados, para indicar a la especie de los machos y el femenino para designar a la especie de las hembras. Pero no siempre es así. El lenguaje, sabio y no viciado de complejos, prevé la economía y la concisión para favorecer la comunicación, cosa de la que se olvidan los políticos, que vendidos al postureo, conciben discursos dantescos imposibles de seguir. En algunas lenguas del mundo, y curiosamente en algunas en cuya sociedad la mujer es víctima de abusos y hasta de mutilaciones, y los gays y lesbianas, de lapidaciones, se utiliza el género femenino como genérico, es decir, no marcado por el significado de ser sexuado femenino, sino que designa a ambos sexos para favorecer la concisión y por tanto la información.
En el caso de las lenguas romance, aquellas que proceden del latín, el género no marcado y que por lo tanto puede designar a seres sexuados machos o hembras es el masculino. Si no fuéramos tan posturistas, nadie apreciaría sexismo en el uso del género masculino como genérico o inclusivo. Porque, a poco que uno emplee el sentido común, verá que género y sexo son cosas muy diferentes.
El problema es que al tratar de utilizar un término gramatical en algo que le es ajeno, pues se fastidia el invento. Y como ya ocurriera con el comunismo soviético, algunos pretenden hasta intervenir el idioma, ya puestos a intervenir.
Si en lugar de la palabra género, calco del inglés gender, hubiésemos optado por otra palabra como, por ejemplo, “botijo, otro gallo habría cantado. Pues “botijo” no tendría la servidumbre de ser un concepto que suele referirse a lo que cada cual siente o tiene entre las piernas. Entonces se hablaría de igualdad de botijo, se lucharía contra la violencia de botijo y se dejaría al género tranquilo en su parcela y no habría alcaldesas con ese nivel de confusión y paranoia.
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